JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo CX

No hablemos del viaje; a las cinco y media llegó a Trianón, donde ya se encontraba reunida la corte, y se ocupaba en preludios en tanto que llegaba el rey, pues por lo que hace al autor nadie se preocupaba de él.

Algunos sabían que M. Rousseau, natural de Ginebra, iría a dirigir el ensayo; pero lo mismo les importaba ver a Rousseau que a M. Rameau, o a M. de Marmontel, o a cualquier otro de esos animales curiosos que los cortesanos pagaban por ver, sea en sus salones, sea en las casuchas que ocupaban aquellos.

Rousseau fue recibido por el oficial que estaba de servicio, a quien M. de Cogny había recomendado le avisara así que llegase el filósofo.

El gentilhombre se presentó con su acostumbrada urbanidad, y recibió a Rousseau con muestras de aprecio; pero apenas fijó en él la vista se quedó asombrado y no pudo menos que volverle a examinar.

Rousseau estaba cubierto de polvo, ajado, pálido, y con aquella palidez resaltaba todavía más su barba de ermitaño pudiendo asegurarse que ningún espejo de Versalles reflejaba una figura semejante.


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