JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Principió el ensayo, y todos se olvidaron de Rousseau, para fijarse en el espectáculo, de manera que el filósofo pudo observarlo todo escuchando los gallos que soltaban gentileshombres vestidos de pastores, y viendo los coqueteos de las damas.
La delfina cantaba bien; pero carecía de ejecución, y además le faltaba voz.
El delfín hacía de apuntador de la ópera, que salía realmente mal.
El autor adoptó el partido de no escuchar, pero le fue difícil no oír; sin embargo, le restaba un consuelo, porque acababa de distinguir una figura deliciosa entre los ilustres comparsas, y la aldeana a quien el cielo había dotado de una figura tan interesante, cantaba con una voz que eclipsaba a todas las de la regia compañía.
Rousseau se encontró, pues, contemplando aquella encantadora figura, y se hizo todo oídos, a fin de aspirar toda la melodía de su voz.
La delfina que vio lo atento que escuchaba el autor, se persuadió con facilidad gracias a su sonrisa y a sus moribundos ojos, que le parecía satisfactoria la ejecución de los mejores trozos, y para que la felicitase, porque al fin era mujer, se inclino hacia el pupitre, preguntando:
—¿Qué tal va, señor Rousseau?
