JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —LindÃsima —dijo la delfina—, y a no ser por mi egoÃsmo, ella desempeñarÃa el papel de Colasa, pero como he escogido ese papel con el propósito de divertirme, no se lo dejo a nadie.
—¡Ah! —dijo Richelieu—, la señorita de Taverney no lo interpretarÃa mejor que Vuestra Alteza Real, y…
—Esa señorita es una diosa —dijo Rousseau entusiasmado.
—Asà lo creo —dijo la delfina—; y si he de declarar la verdad, ella es la que me enseña mi papel; y luego baila a las mil maravillas, al paso que yo bailo muy mal.
Supónganse nuestros lectores qué efecto no producirÃan estas conversaciones en el rey, la du Barry, y sobre todo aquel tropel de curiosos, noveleros intrigantes y envidiosos, cada uno de los cuales recibÃa una satisfacción si hacÃa una herida, o recibÃa el golpe con tanto bochorno como dolor. Allà no habÃa indiferentes, exceptuando quizá a Andrea.
La delfina, aguijoneada por Richelieu, obligó a Andrea a cantar la romanza:
Perdà mi servidor;
Colás me olvida ya.
El rey siguió la cadencia con la cabeza, con tal júbilo en cada movimiento que hacÃa, que la du Barry palidecÃa a pesar del colorete.