JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico No hacÃa mucho que Taverney aguardaba, cuando Richelieu salió de la cámara del rey con un bulto que el barón no pudo ver, pues iba cubierto con un paño de seda.
Empero el mariscal sacó a su amigo de su inquietud, conduciéndolo hacia la galerÃa.
—Amigo mÃo —dijo asà que se vio solo con él—; creo que en ocasiones has dudado de la amistad que te profeso.
—Pero no desde que nos reconciliamos —objetó el barón.
—Pero ¿has llegado a dudar que tú y tus hijos harÃais fortuna?
—¡Oh!, lo que es eso, sÃ.
—Pues no tienes razón, porque tu fortuna y la de tus hijos crecen con una rapidez asombrosa.
—¡Bah! —dijo Taverney, quien vislumbraba ya parte de la verdad, pero que no se hubiese entregado a Dios, y de consiguiente se abstenÃa muy bien de entregarse al diablo—. ¿Y en qué se nota que mis hijos adelantan en fortuna?
—A Felipe ya lo tenemos de capitán al frente de una compañÃa costeada por el rey.
—¡Oh!, es verdad y a ti te lo debo.
—De ningún modo. Pronto vamos a ver a la señorita de Taverney siendo marquesa quizá…
