JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo CXIV

Apenas habían sonado las doce, cuando Nicolasa llamó a su señorita que permanecía aún en su habitación:

—Señorita, señorita, aquí está el señorito Felipe.

Andrea, asombrada, pero alegre al mismo tiempo, se cerró su peinador de muselina y salió a recibir al joven, que en efecto acababa de apearse del caballo en el patio de Trianón y preguntaba a algunos criados a que hora podría ver a su hermana.

Andrea, pues, abrió la puerta y hallóse con su hermano a cuyo cuello se arrojó.

Hasta entonces no notó Andrea que Felipe estaba más serio que de ordinario; que hasta su sonrisa no estaba exenta de tristeza; que llevaba su elegante uniforme con la más escrupulosa exactitud, y que sostenía en el brazo izquierdo una capa de viaje.

—¿Qué hay, Felipe? —preguntó con ese instinto peculiar de las almas tiernas, para quienes una mirada es una revelación.

—Andrea —dijo Felipe—, esta mañana he recibido la orden de que vaya a incorporarme a mi regimiento.

—¿Y te marchas?

—No puedo hacer otra cosa.

—¡Oh! —dijo Andrea exhalando en aquel grito doloroso todo su valor y parte de sus fuerzas.


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