JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Estaba Gilberto más pálido y triste que Andrea.
Al ver esta un hombre desconocido, porque con el velo que las lágrimas extendÃan delante de sus ojos no lo conoció al principio, se apresuró a enjugarse el llanto, como si a la orgullosa joven le ruborizase que la vieran llorar Al contrario, se revistió de cierta entereza, y sus pálidas mejillas recobraron la inmovilidad, cuando poco antes le temblaban de desesperación.
Gilberto tardó más en reponerse, y sus facciones conservaron la dolorosa expresión que la señorita de Taverney, al momento que alzó los ojos y le conoció, pudo advertir en su actitud y miradas.
—¡Gilberto habÃa de ser! —dijo Andrea con ese tono ligero que adoptaba siempre que lo que ella creÃa una casualidad le aproximaba al joven.
Gilberto nada contestó, pues aún se hallaba demasiado conmovido para ello.
El dolor que habÃa estremecido el cuerpo de Andrea, sacudió con violencia el suyo.
Andrea fue, pues, quien continuó, porque deseaba saber qué motivaba aquella aparición.
—¿Qué tenéis, señor Gilberto? —interrogó—; ¿qué tenéis que me miráis con ese aire de melancolÃa? Algo os entristece, y quisiera saberlo, si no es difÃcil.
