JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo CXVI

El mariscal y el barón aguardaban al final de la calle de árboles.

Al divisar a Andrea los dos ancianos se alegraron todavía más, y llamáronse la atención uno a otro acerca de aquella radiante hermosura aumentada con la cólera y la rapidez con que había andado aquel trecho.

El duque saludó a Andrea como si se tratase de una madame Pompadour declarada, cosa que no pasó desapercibida a Taverney, quien se encantó con aquello: pero que sorprendió a Andrea por semejante mezcla de respeto y libre galantería, pues el dinero cortesano sabía dar a sus saludos tantos pormenores como frases francesas daba Covrelle a una palabra turca.

Andrea respondió con una reverencia tan ceremoniosa para su padre como para el mariscal, y seguidamente les invitó con suma gracia a que pasasen a su aposento.

Richelieu admiró aquel aseo elegante, único lujo del mueblaje y la arquitectura del albergue, pues con flores y un poco de muselina blanca, Andrea tenía convertida su triste morada en un nido.

El duque tomó asiento en un sillón persa verde de grandes flores, debajo de un gran jarro de China, de donde pendían racimos perfumados de acacia y arce, mezclados con lirios cárdenos y rosas de Bengala.


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