JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico El mariscal y el barón aguardaban al final de la calle de árboles.
Al divisar a Andrea los dos ancianos se alegraron todavÃa más, y llamáronse la atención uno a otro acerca de aquella radiante hermosura aumentada con la cólera y la rapidez con que habÃa andado aquel trecho.
El duque saludó a Andrea como si se tratase de una madame Pompadour declarada, cosa que no pasó desapercibida a Taverney, quien se encantó con aquello: pero que sorprendió a Andrea por semejante mezcla de respeto y libre galanterÃa, pues el dinero cortesano sabÃa dar a sus saludos tantos pormenores como frases francesas daba Covrelle a una palabra turca.
Andrea respondió con una reverencia tan ceremoniosa para su padre como para el mariscal, y seguidamente les invitó con suma gracia a que pasasen a su aposento.
Richelieu admiró aquel aseo elegante, único lujo del mueblaje y la arquitectura del albergue, pues con flores y un poco de muselina blanca, Andrea tenÃa convertida su triste morada en un nido.
El duque tomó asiento en un sillón persa verde de grandes flores, debajo de un gran jarro de China, de donde pendÃan racimos perfumados de acacia y arce, mezclados con lirios cárdenos y rosas de Bengala.