JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico DONDE SE ENTERARÁ EL LECTOR DE LO QUE NECESITABA
ALTHOTAS PARA COMPONER SU MARAVILLOSO ELIXIR
Al otro día de la conversación que hemos reproducido, a eso de las cuatro de la tarde, Balsamo estaba ocupado en su gabinete de la calle de San Claudio en leer una carta que le había entregado Fritz.
Aquella carta era anónima, y todo se le volvía darle vueltas entre las manos.
—No me es desconocida esta letra —decía—, larga, irregular, algo temblona y con muchas faltas de ortografía…
Y empezó a leer:
«Señor conde: Una persona que os consultó hace algún tiempo, esto es, antes de la caída del anterior ministerio, y que ya os había consultado mucho antes, se presentará hoy en vuestra casa para haceros otra consulta. ¿Os permitirán vuestras muchas ocupaciones dedicar a esa persona media hora entre cuatro y cinco de la tarde?».
Después de leer por segunda o tercera vez, Balsamo volvía a querer adivinar de quién era la carta.
