JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Gilberto sufrió horriblemente, mientras Andrea estuvo en el aposento de Balsamo, víctima del sueño magnético que este le infundiera.
Agazapado en la escalera, no osaba Gilberto acercarse a la puerta para escuchar lo que pasaba en la cámara roja, concibió tal desesperación, que visto el impetuoso arrojo de su carácter podía esperarse que uno de sus arrebatos pusiese fin a aquel drama.
Tan horrible desesperación se aumentaba, porque estaba convencido de su inferioridad y flaqueza; Balsamo no era más que un hombre; porque Gilberto, filósofo y espíritu fuerte, creía poco en hechicerías; pero aquel hombre era vigoroso, Gilberto débil, aquel valiente, y este excesivamente joven para serlo. Veinte veces se levantó para subir la escalera y ponerse frente al viajero, si la ocasión lo exigía, y otras tantas sus piernas se doblaron trémulas, cayendo sobre sus rodillas.
Recordó entonces que La-Brie, que era a la vez cocinero, lacayo y jardinero, utilizaba una escalera de manos para emparrar en la pared los jazmines y madreselvas, quiso buscarla para apoyarla contra la galería de la escalera y escuchar desde allí todo cuanto sucediera en el aposento del extranjero.
Presuroso se encaminó al jardín para apoderarse de ella, pero al bajarse a cogerla, oyó un ligero ruido en la casa, y volvió hacia ella los ojos.
