JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo X

Gilberto sufrió horriblemente, mientras Andrea estuvo en el aposento de Balsamo, víctima del sueño magnético que este le infundiera.

Agazapado en la escalera, no osaba Gilberto acercarse a la puerta para escuchar lo que pasaba en la cámara roja, concibió tal desesperación, que visto el impetuoso arrojo de su carácter podía esperarse que uno de sus arrebatos pusiese fin a aquel drama.

Tan horrible desesperación se aumentaba, porque estaba convencido de su inferioridad y flaqueza; Balsamo no era más que un hombre; porque Gilberto, filósofo y espíritu fuerte, creía poco en hechicerías; pero aquel hombre era vigoroso, Gilberto débil, aquel valiente, y este excesivamente joven para serlo. Veinte veces se levantó para subir la escalera y ponerse frente al viajero, si la ocasión lo exigía, y otras tantas sus piernas se doblaron trémulas, cayendo sobre sus rodillas.

Recordó entonces que La-Brie, que era a la vez cocinero, lacayo y jardinero, utilizaba una escalera de manos para emparrar en la pared los jazmines y madreselvas, quiso buscarla para apoyarla contra la galería de la escalera y escuchar desde allí todo cuanto sucediera en el aposento del extranjero.

Presuroso se encaminó al jardín para apoderarse de ella, pero al bajarse a cogerla, oyó un ligero ruido en la casa, y volvió hacia ella los ojos.


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