JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico La frente de Lorenza se nubló.
—¿De modo que no accedéis a mi deseo? —preguntó.
—No, Lorenza, si vos no accedéis al mÃo.
Un movimiento nervioso manifestó cuánta impaciencia necesitó comprimir la joven al oÃr aquellas palabras.
—Escuchadme Lorenza —dijo Balsamo—, he aquà lo que puedo hacer por vos.
—Decid —respondió la joven sonriendo amargamente.
—Dios, la casualidad o la fatalidad, como os parezca, Lorenza, nos ha unido el uno al otro con lazos indisolubles; no tratemos de romperlos en esta vida, pues sólo puede desatarlos la muerte.
—Ya lo sé —dijo impacientemente Lorenza.
—Pues bien, dentro de ocho dÃas, arriesgando mucho, os traeré una compañera.
—¿Y adónde?
—AquÃ.
—¡AquÃ!, detrás de estos barrotes, detrás de estas puertas inexpugnables, detrás de estas paredes de bronce una compañera de prisión. ¡Oh!, no lo habéis pensado bien, y no es eso lo que yo pido.
—Pero es lo que únicamente puedo concederos, Lorenza.
La joven hizo un gesto de impaciencia más visto.