JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Nicolasa quiso ganar a conciencia su dinero, y corrió a la verja donde con exactitud militar aguardaba M. de Beausire.
También M. de Taverney habÃa dejado a su hija, y asà que este se marchó, Andrea se quedó sola; y fue lo primero que hizo entonces, cerrar las persianas.
Gilberto miraba o mejor dicho, devoraba a Andrea como lo tenÃa de costumbre desde la buhardilla; pero hubiera sido imposible decir si las miradas que fijaba en la joven eran de amor o de odio.
Cerradas las persianas, Gilberto nada podÃa ver, y en consecuencia se puso a mirar hacia otra parte.
Entonces descubrió el plumero de M. de Beausire, y conoció al exento que se paseaba silbando una canción para engañar el tedio del que espera.
Al cabo de diez minutos asomó Nicolasa, quien habló unas cuantas palabras con M. de Beausire, este hizo un movimiento de cabeza como diciendo que entendÃa perfectamente, y se alejó con dirección a la calle de árboles que llevaba al pequeño Trianón.
Nicolasa por su parte se volvió hacia el punto por donde habÃa ido, tan ligera como un pájaro.
—¡AhÃ!, ¡ah! —dijo Gilberto—, el señor exento y la señorita camarera tienen mucho que decir o hacer, y no quieren ser vistos: ¡bueno!
