JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo CXX

Después que salió Nicolasa, Andrea fue saliendo de su éxtasis, y se puso de rodillas para rogar por Felipe, único ser a quien su corazón amaba.

Y oró como oran las almas afligidas, elevando su alma hasta el Señor.

Después cogió a la ventura de su biblioteca un libro, y aproximándose a la luz se absorbió en la lectura o más bien en sus pensamientos, puesto que el libro que había recogido era un diccionario de botánica. Pocos momentos después le sorprendió el sueño, y estirando la cabeza para dar un soplo a la bujía, vio el vaso de agua que Nicolasa había preparado, extendió el brazo, lo tomó con una mano y con la otra cogió una cuchara, revolvió el azúcar medio derretido, y vencida ya por el sueño se llevó el vaso a la boca.

Mas de repente, cuando ya sus labios tocaron el licor, sintió un estremecimiento extraño, cayó sobre su cerebro un peso húmedo y abrasador, y Andrea conoció, asustada, en los borbotones del fluido que corría por sus nervios, esa invasión sobrenatural de sensaciones desconocidas que en ocasiones había triunfado en sus fuerzas y trastornado su razón.


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