JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo CXXI

Andrea fue doblegándose gradualmente y empezó a agitarse como acometida de un accidente epiléptico.

Gilberto continuaba contemplándola intensamente; pero como desconocía los efectos del magnetismo, no acertaba a explicarse aquello.

No había oído lo que con Balsamo había hablado; lo único que sabía era que Andrea, así en Trianón como en Taverney, había obedecido, a juzgar por las apariencias, al llamamiento de aquel hombre que había adquirido sobre ella una influencia tan terrible como extraña. Para Gilberto, en fin, todo se reducía a lo siguiente: la señorita Andrea tiene, si no un amante, a lo menos un hombre a quien ama y con quien celebra entrevistas de noche.

La conversación entre Andrea y Balsamo, aunque pronunciada en voz baja, tenía visos de una reyerta amorosa.

Cuando esto pensaba, vio a la joven vacilar, retorcerse los brazos y girar sobre sí misma; después salió dos veces de su pecho un estertor sordo que revelaba lo oprimido que estaba aquel, y se esforzó, no ella, sino la Naturaleza, en arrojar esa masa mal calculada de fluido que durante el sueño magnético le había dado esa doble vista, cuyos fenómenos hemos visto en el capítulo precedente.


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