JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Tan pronto como entró Lorenza en el patio la rodearon una infinidad de polizontes y soldados.
La joven se dirigió al guardia que encontró más a mano, y le rogó la llevase al teniente de policía; aquel guardia la encaminó al portero de estrados, y viendo este una mujer tan hermosa, tan extraña, vestida con tanto lujo, y con un cofrecillo precioso debajo del brazo, conoció que la visita podría ser interesante, e hizo que subiera por una gran escalera a una antesala, donde todo el que pasaba por el perspicaz registro de aquel portero, podía a cualquier hora del día o de la noche, llevar a M. de Sartine una noticia, una denuncia o una petición.
No es necesario decir que las dos primeras clases de visitantes eran acogidas más favorablemente que la última.
Lorenza, a quien preguntó el portero qué quería, contestó únicamente estas palabras:
—¿Sois M. de Sartine?
El portero se asombró no poco de que hubiera quien confundiese su traje negro y su cadena de acero, con el traje bordado y la oscura peluca del jefe de la policía.
Lorenza vióse precisada a sufrir las investigaciones, interrogatorios y sospechas de media docena de secretarios y ayudas de cámara.
