JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Balsamo se detuvo delante de ella y la contempló con tristeza, porque su visita a Althotas habÃa desvanecido su furor.
—¡Cómo —dijo— veo mi situación! Lorenza me odia, y conoce mis secretos, y siempre que pueda los publicará.
Y esta desgracia nunca vista, esta desgracia que Althotas no puede comprender, siendo esta la causa de que ni siquiera se la haya contado, esta desgracia que mata todas mis esperanzas de hacer fortuna en este paÃs, y por lo tanto en el mundo, cuya alma es Francia, la debo a la criatura que está aquà dormida, a esa hermosa estatua de dulce sonrisa. SÃ, a este ángel funesto debo la deshonra y la ruina, hasta tanto que no le deba el cautiverio, el destierro o la muerte.
Es decir —prosiguió animándose—, que la suma del mal ha superado a la del bien, y Lorenza me es perjudicial.
Y sonriéndose de un modo siniestro, Balsamo se acercó con lentitud a la joven, cuyos ojos, cargados de languidez, se fijaban en él a medida que iba aproximándose, como se abren los girasoles y la flor de la enredadera al lanzar sus primeros rayos el sol naciente.
