JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo CXXIX

Balsamo se olvidó de ciencia, política, misterios, de todo por completo para entregarse al lado de Lorenza a una vida vehementísima de amor.

Lorenza, en su vida ficticia, veía más que nunca, con respecto a él; sólo una cosa le mortificaba.

Faltaba saber si aquel don de segunda vista era hijo de la simpatía; faltaba que descubrir si fuera de él y de la joven, si más allá del círculo trazado por su amor, y que este amor inundaba de luz aquellos ojos del alma tan penetrantes antes de la llegada de la nueva era, podrían seguir rasgando la oscuridad.

Balsamo no se atrevía a hacer una prueba decisiva; persistía en su esperanza, y esta esperanza era para él una corona de estrellas que iba a alumbrar su dicha.

De vez en cuando le decía Lorenza con acento tan dulce como melancólico:

—Acharat, tú piensas en otra mujer, en una mujer del Norte, que tiene pelo rubio y ojos azules. Acharat, Acharat, esa mujer está fija en tu pensamiento, ni más ni menos que yo.

Entonces la contemplaba Balsamo con ternura, y le decía:

—¿Ves eso en mí?

—¡Oh! Sí, tan claro como en un espejo.


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