JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Balsamo se olvidó de ciencia, polÃtica, misterios, de todo por completo para entregarse al lado de Lorenza a una vida vehementÃsima de amor.
Lorenza, en su vida ficticia, veÃa más que nunca, con respecto a él; sólo una cosa le mortificaba.
Faltaba saber si aquel don de segunda vista era hijo de la simpatÃa; faltaba que descubrir si fuera de él y de la joven, si más allá del cÃrculo trazado por su amor, y que este amor inundaba de luz aquellos ojos del alma tan penetrantes antes de la llegada de la nueva era, podrÃan seguir rasgando la oscuridad.
Balsamo no se atrevÃa a hacer una prueba decisiva; persistÃa en su esperanza, y esta esperanza era para él una corona de estrellas que iba a alumbrar su dicha.
De vez en cuando le decÃa Lorenza con acento tan dulce como melancólico:
—Acharat, tú piensas en otra mujer, en una mujer del Norte, que tiene pelo rubio y ojos azules. Acharat, Acharat, esa mujer está fija en tu pensamiento, ni más ni menos que yo.
Entonces la contemplaba Balsamo con ternura, y le decÃa:
—¿Ves eso en m�
—¡Oh! SÃ, tan claro como en un espejo.
