JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Entonces me estrechaste en tus brazos. «Eres huérfana, me dijiste, lo mismo que yo: si la Naturaleza no nos ha unido por los vÃnculos de la sangre, nos ha hecho hermanos en la miseria y en la abyección. Nos querremos, pues, como hermanos, y aún más, porque si lo fuésemos se nos prohibirÃa amarnos como quiero que me ames, y…» acompañaste estas últimas palabras con un ardoroso beso.
—Bien, no puedo negarlo.
—Y, ¿pensabas lo que decÃas?
—Seguramente. ¿Has dicho tú alguna vez una cosa sin pensar en ella antes de pronunciarla?
—De modo que hoy…
—Hoy tengo cinco meses más; sé cosas que entonces ignoraba; acierto muchas sin verlas, y ahora pienso de diferente manera.
—¡Hola! ¡Conque confiesas que eres falso, embustero e hipócrita! —exclamó Nicolasa enfurecida.
—Yo no. Pues entonces también lo serÃa un caminante a quien preguntasen al atravesar un valle qué tal le parecÃa aquel paÃs, haciéndole igual pregunta cuando estuviese en la cumbre de la montaña que le ocultaba su extensión. Ya lo ves, esta comparación es exacta, puesto que abrazo ahora con mi vista un horizonte más amplio.
—¿De suerte que no nos casaremos?