JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico En cuanto se marchó la condesa. Balsamo se dirigió al cuarto de las pieles, impaciente ya por ver a Lorenza, y porque del éxtasis resultaban por lo regular crisis nerviosas que hacían sufrir a la joven atrozmente, si la intervención del fluido reparador no iba a establecer un equilibrio satisfactorio entre las diversas funciones del organismo.
Así que Balsamo penetró en el cuarto, fijó la vista con rapidez en el canapé en que había dejado a Lorenza.
Esta no se encontraba allí; pero la fina mantela de cachemir bordada de flores de oro, con que se cubría, estaba sobre los cojines para afirmar que su dueño había permanecido en aquel aposento descansando en el sofá.
Balsamo quedó perplejo, con la vista clavada en el canapé, pero pensó que tal vez habría incomodado a Lorenza un olor muy particular que se había esparcido por el aposento después que él se marchó, y que, usurpando por medio de un movimiento maquinal los hábitos de la vida real y efectiva, habría cambiado de sitio por instinto.
La primera idea que se le ocurrió a Balsamo fue que Lorenza había vuelto a entrar en el laboratorio, donde poco hacía estuvo con ella.
