JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Parece mentira —decÃa aquella mirada, tan expresiva aún a pesar de encontrarse en la agonÃa—, parece mentira que me sobrevengan tantas desgracias y derrotas por culpa de un ser tan pequeño como es ese hombre, a quien estoy viendo hincado de rodillas a cuatro pasos de mÃ, a las plantas de un objeto tan vulgar como es esa mujer que ya no vive. ¿No es una cosa monstruosa, en fin, que un grano de polvo haya conseguido pasar la rueda de un carro tan soberbio como rápido por su poder y su inmortal vuelo?
En cuanto a Balsamo, se hallaba anonadado, sin voz, sin movimiento y apenas con vida; ningún pensamiento humano habÃa penetrado aún en su cerebro por entre los sangrientos vapores que lo empañaban.
¿Y qué si habÃa perdido para siempre a Lorenza; a Lorenza que era suya, que era su esposa y su Ãdolo; esa criatura tanto más hermosa cuanto que a la vez era ángel y amante; Lorenza, es decir, el placer y la gloria, lo presente y lo porvenir, la fuerza y la fe; Lorenza, es decir, su alma entera?
Balsamo no lloraba, no gritaba, ni siquiera suspiraba.