JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico La campanilla sonó nuevamente con más fuerza; pero también continuó inmóvil Balsamo.
Después, así que pasó un rato más corto que el que medió entre el primero y segundo tin-tin, enojada la campanilla esparció por el cuarto un repiqueteo chillón e impaciente.
Sin estremecerse, Balsamo alzó lentamente la cabeza, y preguntó al espacio, con la fría solemnidad de un muerto que saliese de su sepulcro.
Así debió mirar Lázaro cuando Cristo le llamó tres veces por su nombre.
La campanilla no cesaba de sonar.
Su energía, que cada vez iba en aumento, desperté al fin la inteligencia en el amante de Lorenza.
Entonces apartó su mano de la del cadáver; el calor había abandonado su cuerpo sin pasar al de Lorenza.
—Eso revela una gran noticia o un peligro de gravedad —dijo Balsamo—. ¡Con tal que sea esto último…!
Y se levantó.
—Mas ¿para qué he de contestar a ese llamamiento? —prosiguió diciendo sin advertir el lúgubre efecto que causaban sus palabras bajo aquella bóveda sombría y en aquella fúnebre estancia—, ¿puede haber en el mundo alguno que me interese o asuste?