JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo CXXXIII

Los visitantes de Balsamo no habían ido ciertamente a su casa en son de paz, pues eran cinco hombres a caballo que acompañaban un coche de camino en que habían ido los maestres, y otros cinco hombres de sombrío y altanero rostro y armados de punta en blanco que habían cerrado la puerta de la calle, y la guardaban como si estuviesen aguardando a sus amos.

Hasta el cochero y los lacayos llevaban ocultos bajo sus capas cuchillos de monte y mosquetes todo lo cual demostraba, más bien que una visita, una expedición.

Aquella invasión nocturna de una gente terrible, y el haber como habían tomado por asalto el palacio, infundieron desde luego a Fritz un miedo indecible, y cuando vio por el ventanillo la escolta y las armas, quiso negar la entrada a todo el mundo; pero aquellas poderosas insignias, testimonio irresistible del derecho que asistía a los visitantes, no le dejaron replicar. Apenas se apoderaron del puesto, colocáronse los advenedizos, a fuer de buenos capitanes, en todas las salidas de la casa, sin tomarse el trabajo de ocultar sus malévolas intenciones.

Colocados los escuderos en el patio y los pasillos, los maestres en el salón, nada bueno demostraba esto a Fritz, y he aquí por qué rompió la campanilla a fuerza de llamar.


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