JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo CXXXIV

En tanto que la escena entre los maestres y Balsamo tenía lugar, todo seguía lo mismo en el cuarto de Althotas, que volvió en sí al ver a su discípulo que se llevaba el cadáver de Lorenza, y temiendo quedar abandonado, le llamó diciendo:

—¡Acharat! ¡Acharat!

Este era el nombre que le daba cuando Balsamo era niño, y confiaba en que fuese el que más influencia había conservado sobre el que ya era hombre.

Pero Balsamo continuaba bajando, sin embargo, y una vez abajo ni siquiera pensó en hacer subir la plancha, y se perdió en las profundidades del corredor.

—¡Ah! —exclamó Althotas—, siempre igual; el hombre es un animal ciego y desagradecido. Acharat, vuelve: ¡ah!, ¡prefieres el ridículo objeto llamado mujer a la perfección de la humanidad que yo represento; prefieres la vida, que es un fragmento a la inmortalidad…! Pero ese infame me engaña, no desea que viva, porque como le aventajo tanto en saber, ha querido heredar la obra que casi había llevado yo hasta su fin, y me ha tendido un lazo, a mí que soy su maestro y bienhechor. ¡Oh! ¡Acharat!

Y la cólera del viejo aumentaba por grados y gritaba:


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