JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico En tanto que la escena entre los maestres y Balsamo tenÃa lugar, todo seguÃa lo mismo en el cuarto de Althotas, que volvió en sà al ver a su discÃpulo que se llevaba el cadáver de Lorenza, y temiendo quedar abandonado, le llamó diciendo:
—¡Acharat! ¡Acharat!
Este era el nombre que le daba cuando Balsamo era niño, y confiaba en que fuese el que más influencia habÃa conservado sobre el que ya era hombre.
Pero Balsamo continuaba bajando, sin embargo, y una vez abajo ni siquiera pensó en hacer subir la plancha, y se perdió en las profundidades del corredor.
—¡Ah! —exclamó Althotas—, siempre igual; el hombre es un animal ciego y desagradecido. Acharat, vuelve: ¡ah!, ¡prefieres el ridÃculo objeto llamado mujer a la perfección de la humanidad que yo represento; prefieres la vida, que es un fragmento a la inmortalidad…! Pero ese infame me engaña, no desea que viva, porque como le aventajo tanto en saber, ha querido heredar la obra que casi habÃa llevado yo hasta su fin, y me ha tendido un lazo, a mà que soy su maestro y bienhechor. ¡Oh! ¡Acharat!
Y la cólera del viejo aumentaba por grados y gritaba: