JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico El mariscal Richelieu tomaba su chocolate de vainilla en su elegante dormitorio de Versalles escuchando con distraimiento las cuentas que le daba M. Rafté, y contemplando su rostro en un espejo.
De pronto anunció una visita cierto ruido de zapatos que crujían en la antesala, y el duque terminó con presteza lo que le restaba del chocolate, mirando con inquietud hacia la puerta.
Había dos horas en que M. de Richelieu, igual que las viejas coquetas, no tenía gusto en recibir a todo el mundo.
El ayuda de cámara anunció al señor de Taverney.
Sin duda iba a contestar el duque por medio de alguna escapatoria, que hubiera dejado para otro día, o a lo menos para otra hora, la visita de su amigo; pero así que se abrió la puerta penetró en la habitación el petulante viejo, dio al mismo tiempo la punta de los dedos al mariscal, y corrió a sepultarse en una butaca, que crujió con el golpe mucho más que con el peso.
Richelieu vio pasar a su amigo a manera de esos hombres fantásticos, en cuya existencia nos ha hecho creer después Hoffman, oyó el crujido de la butaca y un enorme suspiro, y dirigiendo la vista hacia su visitante, le preguntó:
