JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —SÃ, ya lo comprendo, se han olvidado del pobre muchacho, como suele pasar en las oficinas organizadas como lo están las del nuevo ministerio. ¡Ah!, si hubiese yo sido ministro, ya se habrÃa expedido el despacho.
—¡Hum! —exclamó Taverney.
—¿Qué dices?
—Que no puedo creer nada.
—¿Cómo es eso?
—Si hubieras sido ministro, habrÃas mandado a Felipe a todos los diablos.
—¡Oh!
—Y a su padre lo mismo.
—¡Oh!, ¡oh!
—Y a su hermana igualmente.
—Me agrada hablar contigo, Taverney, porque eres hombre de talento pero pasemos la hoja.
—Harto lo deseo por mÃ; pero lo que es mi hijo no puede pasarla se halla en muy mala posición. Duque, es necesario absolutamente ver al rey.
—Ya te he dicho que no hago otra cosa.
—Y hablarle.
—Piensa, querido, que no se habla al rey cuando él no nos habla a nosotros.
—Pues obligarle a ello.
—¡Ah!, yo soy el Papa para eso.