JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Eso no es cosa mía, duque; para eso está el ministro de la guerra; yo no concedo regimientos… ¡Un regimiento! ¡Vaya una bola que os han contado! Vamos, está visto que sois el procurador de toda esa carnada: cuando yo decía que no hacíais bien en hablarme; me habéis revuelto toda la sangre.

—¡Oh!, señor.

—Sí, revuelto; en todo el día no podré digerir la píldora. ¡Maldito procurador!

Y esto diciendo, el rey volvió la espalda al duque y se metió furioso en su gabinete, dejando a Richelieu agobiado bajo el peso de su desgracia.

—¡Ah!, lo que es ahora —pensó el mariscal—, ya sabemos a qué atenernos.

Y limpiándose con el pañuelo, porque en el calor del choque se había empolvado de arriba abajo, se encaminó hacia la galería, en cuyo ángulo esperaba su amigo con devoradora impaciencia.

Apenas apareció el mariscal, cuando del mismo modo que una araña cae sobre su presa, acudió el barón para adquirir noticias nuevas.

Con los ojos avizorados, llevando el corazón en la boca, y formando con los brazos una guirnalda, se presentó a Richelieu interrogándole:

—¿Qué hay de nuevo?


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