JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo CXXXVII

Al volver de su sorpresa Taverney, se determinó a tener una conferencia con su hija y se dirigió al aposento de Andrea, que se hallaba acatando su tocador.

Andrea oyó los pasos de su padre en la antesala en el instante en que con su libro debajo del brazo iba a atravesar la habitación.

—¡Ah!, buenos días, Andrea —dijo M. de Taverney—: ¿Pensabas salir?

—Sí, papá.

—¿Sola?

—Ya lo estáis viendo.

—¿Conque todavía no tienes a nadie?

—Desde que ha desaparecido Nicolasa no he vuelto a tomar doncella.

—Así no puedes continuar, Andrea, porque ni puedes vestirte, ni brillar en la corte; ya sabes que te recomendé otra cosa.

—Perdonadme, papá, pero me esta esperando Su Alteza.

—Te aseguro, Andrea —replicó Taverney, acalorándose a medida que hablaba—; os aseguro, señorita, que con esa sencillez, terminaréis por caer aquí en ridículo.

—Papá…


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