JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo CXXXVIII

—No —exclamó Gilberto—, no la tocaré yo nunca. Y echó a correr pidiendo socorro.

A sus voces llegaron otros dos jardineros que por orden de M. de Jussieu condujeron a Andrea a su habitación.

M. de Jussieu no la abandonó hasta que la dejó al lado del barón que quedó solo con su hija.

—Perdonadme, papá —fue lo primero que dijo Andrea—, pero tened la bondad de abrir la ventana, porque no puedo respirar.

—Es que deseaba hablar contigo algo seriamente, y como esta habitación parece una jaula, hasta el aliento se oye de fuera; pero no importa, hablaré despacio.

Y abrió la ventana.

Al momento volvió a juntarse con su hija.

—En verdad —dijo—, que el rey, que tanto interés nos manifestó en un principio, da muy pocas pruebas de galantería cuando permite que vivas en este zaquizamí.

—Papá —contestó Andrea—, en Trianón no hay donde albergarse, pues ya sabéis que es el defecto que tiene este real sitio.

—Que para otros no hubiera aposentos —dijo Taverney con una sonrisa insinuante—, lo concibo, pero para ti, no lo entiendo.


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