JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico TodavÃa se prolongó mucho más tiempo la conversación de los dos hermanos.
Apenas dieron las siete, cuando Felipe se dirigió hacia el pabellón de la reina, en busca del doctor Luis, cuya figura noble y majestuosa, le habÃa señalado Andrea.
El doctor leÃa atentamente un grueso libro publicado en Colonia acerca de los padecimientos del estómago, cuando Felipe se acercó a él.
—Perdonadme, caballero —dijo—, ¿tengo el honor de hablar al señor doctor Luis?
—Sà señor —respondió el doctor cerrando su libro.
—Permitidme, pues, que os diga dos palabras.
—Caballero, perdonadme; pero mi servicio exige que vaya a ver a la señora delfina, y como ya es hora, no puedo hacerme esperar.
—Caballero —y Felipe hizo un ademán de súplica para interceptar el paso del médico—, caballero, la persona para quien necesito vuestro auxilio sirve también a la señora delfina, y está muy mala, en tanto que la señora delfina no lo está.
—Ante todo, ¿de quién habláis? —preguntó el doctor.
—De una persona en cuyo aposento fuisteis introducido por la misma delfina.
