JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Andrea, entro con valor en una cuestión llena de peligros para ti, y de tormentos para mÃ. Entiendo que solicitar, o más bien exigir que tengas confianza en mà en este instante, es lo mismo que perderme en tu imaginación; pero prefiero, y puedes creer que es muy cruel para mà el confesarlo, prefiero saber que me aprecias menos antes que dejarte expuesta a que sufras las desgracias que te amenazan; desgracias espantosas, Andrea, si te empeñas en guardar un silencio que deploro, y de que no te hubiera creÃdo capaz con respecto a un hermano, a un amigo.
—Hermano, amigo mÃo —dijo Andrea—, te juro que no comprendo tus reconvenciones.
—Andrea, ¿quieres que te las haga entender?
—¡Oh!, sÃ, seguramente que sÃ.
—Pero entonces, si animado por ti hablo con excesiva claridad; si hago que te avergüences y se aflija tu corazón, a nadie te quejes sino a ti misma, a ti que me has obligado con injustas desconfianzas a penetrar hasta el fondo de tu alma, para arrancar de ella tu secreto.
—Corriente, Felipe; puedes estar cierto que no me resentiré por lo que hagas.
Felipe no sabÃa qué hacer, y levantándose empezó a pasearse agitadamente hasta que Andrea enlazó con el suyo su brazo, y entonces, mirándola con una ternura inexplicable: