JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo CXLIII

Reinaba un silencio profundo.

De repente, el médico, que no cesaba de mirar a Andrea, examinándola a la luz del velón, le cogió la mano como un amigo o un confesor, y no como un médico que toma el pulso.

—Señorita, ¿habéis querido vos volver a verme, o viniendo aquí no he hecho otra cosa sino acceder a los deseos de vuestro hermano?

—Caballero —contestó Andrea—, mi hermano ha venido a decirme que ibais a volver; pero según lo que tuvisteis la bondad de indicarme esta mañana acerca de lo poco grave que es mi mal, no me hubiera tomado la libertad de molestaros de nuevo.

El doctor se inclinó.

—Vuestro señor hermano, parece que es hombre fogoso, y cuidadoso de su honra e insufrible acerca de ciertas materias, y este debe ser el motivo sin duda de que os hayáis negado a franquearos con él.

Andrea miró al doctor como antes había mirado a Felipe.

—¿Vos también, caballero? —dijo con suprema altanería.

—Dejadme terminar.

Andrea hizo un gesto que indicaba paciencia o más bien resignación.


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