JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Si yo no hubiera venido, habrÃa tomado el narcótico preparado por Nicolasa y entonces hubiera sido el rey. ¿SerÃa en tal caso menor la desgracia?
—No, caballero, siempre hubiera ocurrido lo mismo, y ya veo que estábamos condenados. Despertad a mi hermana.
—No, porque me verÃa, y quizá comprenderÃa lo que ha ocurrido: más vale que la despierte lo mismo que la dormÃ; esto es, de lejos.
—¡Gracias, gracias!
—Quedad con Dios, caballero.
—Una palabra, conde. ¿Supongo que seréis hombre de honor?
—¡Oh! ¿Queréis decir que guarde secreto?
—Conde…
—Es una recomendación innecesaria: en primer lugar porque soy un caballero, y en segundo porque resuelto como estoy a no tener nada de común con los hombres, voy a olvidaros y a no preocuparme de sus secretos. Sin embargo, contad conmigo si alguna vez puedo seros útil… Pero no, no; ya no soy útil para nada; para nada sirvo ya en el mundo. Adiós, señor.
E inclinándose ante Felipe, Balsamo miró nuevamente a Andrea, quien tenÃa la cabeza echada hacia atrás con todos los sÃntomas del dolor y el cansancio.
—¡Oh ciencia —murmuró—, cuántas vÃctimas para alcanzar un resultado sin valor!