JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo CXLIX

Felipe regresó al lado de su hermana, que estaba agitada e inquieta.

—Amigo —le dijo—, durante tu ausencia he estado meditando en lo que me ha sucedido de algún tiempo a esta parte, y veo un abismo en que va a sepultarme la poca razón que me queda. Vamos, ¿has visto al doctor Luis?

—Ahora mismo vengo de su casa, Andrea.

—¿Ese hombre ha lanzado contra mí una acusación terrible?, ¿es justa?

—No se había equivocado, hermana.

Andrea palideció, y un ataque de nervios crispó sus dedos tan blancos y afilados.

—¿Cómo se llama —preguntó entonces—, cómo se llama el menguado que me ha deshonrado?

—Hermana, debes ignorarlo siempre.

—¡Oh! Felipe, tú no me dices la verdad; tú engañas tu propia conciencia… Yo debo saber su nombre a fin de que aunque soy débil, y a pesar de que no tengo otro amparo que la oración, pueda con mis rezos armar contra el delincuente toda la ira de Dios… Felipe, dime cómo se llama ese hombre.

—Hermana, no podemos hablar de esto.

Andrea le cogió la mano y le miró cara a cara.


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