JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo CL

BALSAMO PROPORCIONA A GILBERTO UN MEDIO DE REPARAR

EL DAÑO OCASIONADO POR ÉSTE A LA SEÑORITA ANDREA

Aunque M. de Girardin había ofrecido a Rousseau un asilo en los hermosos jardines de Ermenonville, dudando este si debía o no someterse a la esclavitud de los grandes, como decía en su misantrópica monomanía, vivía aún en la casa de la calle de Plastrière, que nos es conocida.

Por su parte, Teresa había terminado sus quehaceres y acababa de coger la cesta para ir a la compra.

Eran las nueve de la mañana.

El ama de casa fue como acostumbraba, a preguntar a Rousseau qué quería comer aquel día.

Rousseau salió de sus meditaciones, alzó lentamente la cabeza, y miró a Teresa como un hombre a medio despertar.

—Todo lo que quieras —dijo—, siempre que haya cerezas y flores.

—Veremos si no está caro —dijo Teresa.

—Se entiende —respondió Rousseau.

—Porque al fin —continuó diciendo Teresa—, no sé si tus trabajos valen algo, pero me parece que no te pagan como antes.


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