JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico BALSAMO PROPORCIONA A GILBERTO UN MEDIO DE REPARAR
EL DAÑO OCASIONADO POR ÉSTE A LA SEÑORITA ANDREA
Aunque M. de Girardin habÃa ofrecido a Rousseau un asilo en los hermosos jardines de Ermenonville, dudando este si debÃa o no someterse a la esclavitud de los grandes, como decÃa en su misantrópica monomanÃa, vivÃa aún en la casa de la calle de Plastrière, que nos es conocida.
Por su parte, Teresa habÃa terminado sus quehaceres y acababa de coger la cesta para ir a la compra.
Eran las nueve de la mañana.
El ama de casa fue como acostumbraba, a preguntar a Rousseau qué querÃa comer aquel dÃa.
Rousseau salió de sus meditaciones, alzó lentamente la cabeza, y miró a Teresa como un hombre a medio despertar.
—Todo lo que quieras —dijo—, siempre que haya cerezas y flores.
—Veremos si no está caro —dijo Teresa.
—Se entiende —respondió Rousseau.
—Porque al fin —continuó diciendo Teresa—, no sé si tus trabajos valen algo, pero me parece que no te pagan como antes.
