JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Despuntaba el día cuando ya se había levantado el viajero, para enterarse del estado de salud de Althotas.
Exceptuando a Gilberto, todos los moradores del castillo dormían profundamente. Oculto tras los barrotes de su cuarto, situado en el portal, había observado con el mayor interés todas las maniobras de Balsamo, seguido todos sus pasos, e interrogado todas sus acciones.
Cuando aquel se retiró, dejando cerrada la puerta del compartimiento que su maestro habitaba, quedó muy sorprendido de la variación que la luz del día había obrado en aquel cuadro que le había parecido tan triste la víspera.
El castillo, cuya edificación de piedras y ladrillos presentaba bandas de color blanco y rojo, estaba dominado por un bosquecillo de sicómoros y numerosos ébanos silvestres, cuyos aromáticos festones caían sobre su techo ciñendo aparentemente sus pabellones con guirnaldas de oro.
Había en el jardín un estanque de treinta pies en cuadro, a cuyo alrededor se extendía una mullida alfombra de césped y un cercado de florecientes saúcos que formando delicioso y ameno paisaje, deleitaba la vista que no divisaba por otro lado más que castaños sombríos, altos y frondosos álamos.
