JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Fritz condujo a Gilberto a la presencia de Balsamo.
Descansaba el conde en un sofá, como la gente rica y ociosa, de la fatiga de haber dormido toda la noche: a lo menos, esto es lo que supuso Gilberto al verlo tendido de aquel modo a semejante hora.
Al entrar en el salón, Balsamo se incorporó levemente recostándose en el codo, y cerró un libro que tenÃa abierto aunque no leÃa.
—¡Oh!, ¡oh!, he aquà un joven que va a casarse —dijo.
Gilberto permaneció en silencio.
—Bien —siguió el conde volviendo a tornar su postura indolente—, sois dichoso, y por eso sois casi agradecido. Esto es muy hermoso; pero venÃs a darme las gracias, y esto es superfluo; dejadlo, Gilberto, para cuando lo necesitéis. Idos, mi amigo, idos.
En aquellas palabras habÃa una cosa tan profundamente siniestra, que fue para Gilberto una tacha y una revelación.
—No —dijo—, os engañáis, caballero, pues no hay tal casamiento.
—¡Oh!, pues entonces, ¿qué es lo que hacéis?… ¿qué ha ocurrido?
—Que me han negado mi petición —contestó Gilberto.
