JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico En noviembre, Felipe de Taverney. Salió muy temprano dada la estación que era; es decir, al rayar el dÃa, de la casa en que habitaba con su hermana.
Se apresuró a atravesar el cuartel populoso y atestado de gente en que vivÃa, para encaminarse a los Campos ElÃseos, completamente desiertos.
Felipe iba vestido como los hijos de la clase mejor acomodada de ParÃs, con una chupa de faldones anchos, calzón y medias de seda; ceñÃa espada, y su peinado revelaba que habÃa estado durante mucho tiempo, antes que amaneciera, entregado en manos del peluquero, recurso supremo de la hermosura en aquella época.
Próximo ya a los Campos ElÃseos, una carroza gastada, sin color ya, medio rota y arrastrada por una yegua flaca, empezaba a andar la ruta, y el cochero, con ojo vigilante aunque mustio, buscaba a lo lejos un viajero por entre los árboles, lo mismo que Eneas uno de sus buques en las ondas del mar Tirreno.
Al divisar a Felipe, el automedonte pegó un latigazo más fuerte a su yegua de manera que la carroza alcanzó al viajero.
—Arreglaos de manera —dijo Felipe—, que a las nueve en punto me encuentre en Versalles, y os daré medio escudo.
