JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo CLVII

Tan pronto como cobró Andrea el sentimiento de la vida, abrió los ojos y vio a su lado a la criada, la cual dormía. Enseguida oyó el alegre chisporroteo de la lumbre, y se admiró del absoluto silencio que reinaba en la habitación, donde todo descansaba lo mismo que ella…

Aquella inteligencia no era consecuencia de que estuviese enteramente despierta, ni tampoco provenía del sueño, y Andrea tenía gusto en prolongar aquel estado de indecisión y suave somnolencia, permitiendo que las ideas fuesen renaciendo una tras otra en su cansado cerebro, como si temiera la repentina invasión de todo su conocimiento.

De pronto llegó a su oído, a través del tabique de madera, un vagido lejano y apenas perceptible.

Aquel ruido hizo que Andrea sintiese nuevamente los estremecimientos que tanto le habían hecho ya sufrir.

Desde entonces se concluyó para Andrea el sueño y reposo, pues se acordaba y aborrecía.

Jamás repugna tanto el mal que se desea a una criatura, como el espectáculo de este mismo mal; de manera que a pesar de que Andrea aborrecía a aquel niño invisible, a aquel idealismo, y ansiaba que se muriese, sintió oír gritar al desventurado.

—Tal vez padece —pensó allá para sí.


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