JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Aquellos pasos grabados en la nieve eran de Gilberto, quien desde la última entrevista que tuvo con Balsamo comenzó a realizar su tarea de vigilancia, disponiendo lo preciso para vengarse.
Esto nada le costó, pues a fuerza de palabras dulces, y complacencias de poca monta, alcanzó, no sólo que le admitiese, sino que le tomara cariño la mujer de Rousseau. El medio de que se valió es muy sencillo: de los treinta sueldos diarios que Rousseau pagaba a su copista, el sobrio Gilberto tomaba una libra tres veces a la semana, y la empleaba comprando algún regalillo para Teresa.
Esto demuestra que el filósofo ginebrino había logrado que su señora consintiera sentar a la mesa a su joven protegido, y gracias a esto, Gilberto reunió en los dos últimos meses dos luises, que añadió a su tesoro, el cual dormía debajo de su jergón, al lado de las veinte mil libras que le regaló Balsamo.
¡Pero qué vida la suya! ¡Qué constancia de conducta! ¡Qué voluntad tan continua! Levantábase al amanecer y empezaba a examinar con su infalible vista la situación de Andrea, para reconocer hasta el menor cambio que pudiera haberse introducido en la vida tan melancólica como regular de la reclusa.
