JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Durante el viaje todo asustaba a Gilberto, presumiendo que el ruido de los coches que seguÃan o dejaban atrás al suyo, y los suspiros del viento entre las secas ramas de los árboles, eran una persecución organizada, o gritos exhalados por aquellos a quienes habÃa robado el niño.
Ningún peligro le amenazaba, y el postillón cumplió debidamente con su obligación, llegando los dos caballos, que despedÃan humo por todas partes, a DammartÃn, a la hora que Gilberto habÃa señalado, es decir, antes que clareara el dÃa.
Gilberto entregó un medio luis, mudó de postillón y caballos, y siguió su viaje.
En la primera parte del camino, el niño, perfectamente abrigado con la mantilla de lana y resguardado por Gilberto mismo, no tuvo frÃo ni lanzó un grito tan sólo; y asà que amaneció el dÃa, al ver a lo lejos la campiña. Gilberto se mostró con más ánimo, entonando, para dominar los quejidos que el niño comenzaba a soltar, una de las canciones que cantaba en Taverney, cuando volvÃa de sus cacerÃas.
De manera que este último conductor no sospechó siquiera que Gilberto llevaba consigo un niño en el cabriolé.
