JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Desde aquel momento quedó en silencio y tan triste como una tumba, la casa en que habitaba Andrea.
Quizá le hubiera privado de la vida la noticia de la muerte de su hijo, porque este es uno de los dolores sordos y lentos que minan la existencia; pero la carta de Gilberto fue un golpe tan brusco que excitó en el alma generosa de Andrea cuantas fuerzas le restaban, cuantos sentimientos ofensivos abrigaba.
Al volver en sà buscó con la vista a su hermano, y al ver la rabia que despedÃan sus ojos, esto fue para ella un nuevo raudal de valor.
Cuando recobró sus fuerzas, cogió a Felipe de la mano diciéndole:
—Amigo mÃo, esta mañana me hablaste del convento de San Dionisio, donde se me ha concedido una celda por influencia de la señora delfina.
—SÃ, Andrea…
—¿Quieres conducirme a él hoy mismo?
—¡Oh!, sÃ; y gracias, hermana.
—En cuanto a vos, doctor —siguió diciendo Andrea—; no puedo recompensar suficientemente vuestras bondades, vuestro cariño, y vuestra claridad. Vuestra recompensa, doctor, no puede encontrarse en la tierra.
Aproximóse a él y le dio un abrazo.
