JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico A la hora que el capitán designó, divisaron los pasajeros hacia proa y bañadas por un sol espléndido las costas de algunas islas situadas al NE.
Aquellas eran las islas Azores.
Soplaba el viento hacia aquel sitio y el brick andaba bien, de suerte que llegaron a la vista de las islas a eso de las tres de la tarde.
Cuando se encontraron a tiro de cañón de la primera de aquellas islas, el brick se puso al pairo y la tripulación preparó los medios de desembarque para hacer aguada, según habÃa ordenado el capitán.
Los pasajeros todos pensaban hacer una excursión a tierra.
—Señores —dijo el capitán a los pasajeros creyéndolos vacilantes—, tenéis cinco horas para ir a tierra, y asÃ, aprovechad la ocasión, pues los naturalistas encontrarán en ese islote, que está completamente deshabitado, manantiales de agua hirviendo y de agua helada, y los cazadores conejos y perdices coloradas.
Cogió Felipe su escopeta, balas y municiones.
—Pero y vos, capitán —dijo—, ¿continuáis a bordo?, ¿por qué no venÃs con nosotros?
