JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo XIV

Como indicó Balsamo, no había en efecto ni un momento que perder, pues a pocos minutos un gran estruendo de carruajes, caballos y voces, oyóse en el camino que conducía al castillo del barón de Taverney, tan silencioso de ordinario.

De repente aparecieron tres coches. Veíase brillar, especialmente en uno, a pesar del polvo y fango que le cubría, la magnificencia de sus dorados y bajos relieves mitológicos. Detuviéronse junto a la gran puerta que tenía abierta Gilberto, cuyos ojos dilatados y con un temblor febril, indicaban la viva emoción que experimentaba su alma a vista de tanta grandeza.

Veinte jóvenes y brillantes jinetes se colocaron junto al coche principal, en tanto que se apeaba, apoyada en un caballero vestido de negro y condecorado con el gran cordón de la Orden, una joven de quince a dieciséis años, cuya cabellera, aunque sin polvos y arreglada sencillamente, no era parte para que dejara de alzarse un pie sobre su frente.

María Antonieta llegaba a Francia con una reputación de hermosura, poco frecuente en las princesas destinadas a sentarse en el trono de San Luis.


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