JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo XVII

Mientras que Andrea en su habitación se ocupaba en activar los preparativos de su viaje, ayudábala Nicolasa con tanto ardor, que bien pronto se desvaneció el resentimiento que les había ocasionado el diálogo de aquella mañana.

Mirábala esta a hurtadillas, y se sonreía al ver que ni aun tendría necesidad de perdonar.

—Es una buena muchacha —decía para sí—, servicial… agradecida… tiene sus debilidades como todos tenemos en el mundo… ¡Olvidemos!

Nicolasa, por su parte, sin dejar de observar la fisonomía de su ama, consideraba la creciente bondad que aparecía en su hermoso y sereno rostro.

—¡Qué boba soy! He estado a punto de romper por ese tunante de Gilberto con mi señorita que me lleva a París, donde casi siempre se consigue hacer fortuna.

No era fácil que estas dos simpatías que se dirigían rodando sobre aquella rápida pendiente la una hacia la otra, no se hallasen, y al encuentro dejaran de ponerse en contacto.

Andrea fue la primera en hablar.

—Pon mis encajes en una caja de cartón.

—¿En qué caja, señorita?

—¿Qué sé yo?… ¿No nos queda ninguna?

—Sí, señorita; en mi cuarto está la que me disteis.


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