JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Mientras que Andrea en su habitación se ocupaba en activar los preparativos de su viaje, ayudábala Nicolasa con tanto ardor, que bien pronto se desvaneció el resentimiento que les habÃa ocasionado el diálogo de aquella mañana.
Mirábala esta a hurtadillas, y se sonreÃa al ver que ni aun tendrÃa necesidad de perdonar.
—Es una buena muchacha —decÃa para s×, servicial… agradecida… tiene sus debilidades como todos tenemos en el mundo… ¡Olvidemos!
Nicolasa, por su parte, sin dejar de observar la fisonomÃa de su ama, consideraba la creciente bondad que aparecÃa en su hermoso y sereno rostro.
—¡Qué boba soy! He estado a punto de romper por ese tunante de Gilberto con mi señorita que me lleva a ParÃs, donde casi siempre se consigue hacer fortuna.
No era fácil que estas dos simpatÃas que se dirigÃan rodando sobre aquella rápida pendiente la una hacia la otra, no se hallasen, y al encuentro dejaran de ponerse en contacto.
Andrea fue la primera en hablar.
—Pon mis encajes en una caja de cartón.
—¿En qué caja, señorita?
—¿Qué sé yo?… ¿No nos queda ninguna?
—SÃ, señorita; en mi cuarto está la que me disteis.