JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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III

Un profundo silencio reinó por breves instantes, durante el cual, nuestro desconocido reconcentró todos sus pensamientos.

Después pronunció las siguientes palabras:

—Rendid, señores, esas espadas que de nada sirven en vuestras manos y oíd mis palabras, que van a enseñaros cosas de mucho más interés para vosotros.

La expectación fue mayor.

—El manantial de los grandes ríos es con frecuencia divino y desconocido por lo tanto; como el Nilo, el Ganges y el Amazonas conozco adonde voy, pero ignoro de dónde vengo. Todo lo que recuerdo es el día en que los ojos de mi alma se abrieron para distinguir los objetos exteriores, y me hallé en la santa ciudad de Medina, recorriendo los jardines del Muphti Salaaym.

»Amé como a mi padre a aquel hombre venerable que me trataba con cariño, y me hablaba muy respetuosamente. Tres veces al día se apartaba de mí viniendo en su lugar otro anciano cuyo nombre pronuncio con la mayor gratitud y admiración. Althotas era el nombre de este varón respetable, receptáculo augusto de todas las ciencias humanas, habiendo sido instruido por los siete espíritus superiores de todo cuanto necesitan los ángeles para comprender a Dios. Él fue mi director y mi maestro: es mi amigo, amigo venerable; pues dobla la edad al más anciano de entre vosotros».


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