JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Después de media hora de desenfrenada carrera, Gilberto exhaló un grito de gozo. Había percibido el coche del barón, que subía una pendiente, caminando al paso. Un verdadero movimiento de orgullo hizo que dijese para sí, que sólo con los recursos de su vigorosa juventud y de su inteligencia, poseía iguales medios a los que proporcionan las riquezas, el poder y la nobleza.
Entonces sí que pudiera calificarlo de filósofo el barón, al verle con el bastón en la mano, su reducido equipaje colgado de un ojal, marchando rápidamente y parándose en cada cuesta, como diciendo desdeñosamente a los caballos:
—Andáis con mucha pesadez, y me obligáis a que os tenga que esperar.
¡Filósofo! Lo era, en efecto, aquel joven, si ese nombre puede darse al desprecio de todo goce y toda comodidad. No estaba en verdad habituado a vivir regaladamente; pero ¡a cuántos hombres no ha vuelto afeminados el amor!
