JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico GILBERTO EMPIEZA A CONSOLARSE
DE LA PÉRDIDA DE SU DINERO
Fue grande la sorpresa del joven, cuando al volver de su desmayo, hallóse colocado a los pies de una joven que atentamente le miraba.
Representaba unos veinticuatro o veinticinco años; tenÃa los ojos pardos, nariz remangada, y mejillas tostadas por el sol del MediodÃa, la delicada y pequeña boca, delineada caprichosamente, imprimÃa a aquel franco y alegre semblante, cierto carácter de astucia y circunspección. Sus brazos, hermosÃsimos, estaban cubiertos en aquel instante con mangas de terciopelo color de violeta, realzadas con botones de oro. Llenaba casi el carruaje con los ondulantes pliegues de su traje de seda gris, adornado con grandes ramos. Extraordinaria fue la sorpresa de Gilberto al conocer que se hallaba en un coche llevado al galope por tres caballos de posta.
El semblante de aquella señora era risueño, y manifestaba interés hacia él; y se puso a contemplarla hasta cerciorarse completamente de que no era un sueño cuanto le sucedÃa.
—Vamos, hijo mÃo —le dijo después de un momento de silencio—, ¿estáis mejor ahora?
—¿Dónde estoy? —preguntó el joven, acordándose de esta frase que habÃa leÃdo en las novelas, y que únicamente en ellas se suele pronunciar.
