JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo XX

GILBERTO EMPIEZA A CONSOLARSE

DE LA PÉRDIDA DE SU DINERO

Fue grande la sorpresa del joven, cuando al volver de su desmayo, hallóse colocado a los pies de una joven que atentamente le miraba.

Representaba unos veinticuatro o veinticinco años; tenía los ojos pardos, nariz remangada, y mejillas tostadas por el sol del Mediodía, la delicada y pequeña boca, delineada caprichosamente, imprimía a aquel franco y alegre semblante, cierto carácter de astucia y circunspección. Sus brazos, hermosísimos, estaban cubiertos en aquel instante con mangas de terciopelo color de violeta, realzadas con botones de oro. Llenaba casi el carruaje con los ondulantes pliegues de su traje de seda gris, adornado con grandes ramos. Extraordinaria fue la sorpresa de Gilberto al conocer que se hallaba en un coche llevado al galope por tres caballos de posta.

El semblante de aquella señora era risueño, y manifestaba interés hacia él; y se puso a contemplarla hasta cerciorarse completamente de que no era un sueño cuanto le sucedía.

—Vamos, hijo mío —le dijo después de un momento de silencio—, ¿estáis mejor ahora?

—¿Dónde estoy? —preguntó el joven, acordándose de esta frase que había leído en las novelas, y que únicamente en ellas se suele pronunciar.


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