JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Este bebió sin necesidad de que se lo repitieran, ya fuera por el influjo que para él tuviese la mano que se lo daba, ya porque su necesidad fuese más imperiosa que en Saint-Dizier.

—Ahora, comed este bizcocho, y de aquí a una o dos horas os daré mejor almuerzo.

Gilberto le dio las gracias.

—¡Bien!; pues ya que estáis más dispuesto, decidme: si no halláis dificultad en admitirme por confidente vuestra, qué móvil os inducía a seguir ese carruaje que, según me habéis indicado, es uno de los del acompañamiento de la princesa.

—Os voy a decir la verdad en dos palabras —repuso Gilberto—. Yo vivía en casa del señor barón de Taverney cuando Su Alteza llegó y llevó consigo al barón que he nombrado. Como soy huérfano, nadie se acordó de mí, y me dejaron sin dinero ni provisiones. Al ver esto juré que puesto que todos iban a Versalles con la ayuda de buenos caballos y brillantes coches, yo iría también a pie, y llegaría al mismo tiempo que ellos. Desgraciadamente me faltaron las fuerzas, o mejor dicho, la fatalidad se declaró contra mí. Si no hubiese perdido mi dinero hubiera comido anoche y pudiera haberlos alcanzado esta mañana.

—¡Muy bien! Eso es tener valor —exclamó la señora—, y os felicito. Pero veo una cosa que acaso ignoraréis…


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