JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿En Versalles?
—SÃ, han rehusado ya todas las señoras por inclinarse ante M. de Choiseul, madame de Grammont, y al partido mojigato.
—Ese último partido tendrá que variar de nombre si madame de Grammont pertenece a él, y esa es ya una gran desventaja.
—Creedme, os esforzáis en vano.
—Ya estoy casi en el término.
—¡Hola! Y con ese fin habéis enviado a Verdún a vuestra hermana; veo que estáis bien informado —dijo la condesa, disgustada.
—Es que yo también dispongo de mi policÃa —replicó riendo el subdelegado.
—¿Y espÃas?
—También.
—¿Dónde, en las caballerizas, o en las cocinas?
—En vuestras antecámaras, en vuestro salón, en vuestra alcoba, y hasta en vuestra cabecera.
—Pues bien, para primera prueba de alianza reveladme el nombre de esos espÃas.
—¡Ay, condesa!, no deseo que os indispongáis con vuestros amigos.
—Entonces, guerra.
—¡Guerra!, ¿eso decÃs?