JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Bien está: nadie contesta… ¡pero por vida de Sanes!, responded alguna cosa. ¿Os habéis convenido para matarme a sofocaciones con vuestras proposiciones y vuestro silencio?
—No aborrezco yo a M. Du Barry, señor —contestó sonriendo Luis Augusto.
—Ni yo le temo, señor —añadió arrogantemente M. de Choiseul.
—¡Ay!, conozco que tenéis malas intenciones —exclamó Luis XV fingiendo furor, cuando sólo experimentaba despecho—: ¿Queréis hacerme servir de fábula a Europa entera, y exponerme a la mofa de mi primo el rey de Prusia? O por mejor decir, ¿pretendéis que se realice la casa sin gobierno de ese bribón de Voltaire? Pues no, no será asÃ; no os daré ese placer. Yo tengo mi concepto formado sobre el honor, y lo observaré como me parezca.
—Señor —dijo el prÃncipe con su acostumbrada dulzura, aunque con su eterna constancia—, Vuestra Majestad se equivoca; no es de su honor de lo que se habla sino de la dignidad de la princesa insultada.
—Monseñor dice bien; una sola palabra de Vuestra Majestad será suficiente para que no se repita ese delito.
—¿Cómo ha de repetirse sin existir el primero? Juan es tonto, pero no tiene mal corazón.