JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo XXVIII

Luis XV dirigióse al gabinete; allí tenía la costumbre de detenerse, antes de alguna cacería o paseo, algunos instantes para dar sus órdenes particulares, según la clase de servicio que necesitaba para el resto del día.

—En cuanto llegó a la galería hizo una seña a sus cortesanos, dando a entender que deseaba quedar solo.

Así que lo consiguió, se adelantó por un corredor que comunicaba con las habitaciones de sus hijas, y al hallarse ya ante la puerta de estas, que ocultaba una mampara, detúvose un instante moviendo la cabeza.

—Una sola había buena —murmuró entre dientes—, y acaba de partir.

Un estrépito de voces contestó a este axioma nada satisfactorio para las que quedaban: abrióse la mampara, y Luis XV se oyó saludar por estas palabras que le dirigió en coro un trino furioso:

—Gracias, padre mío.

Y el rey vióse rodeado de sus tres hijas.

—¡Ah!, eres tú, Loque —dijo al dirigirse a la mayor, es decir, a madame Adelaida—. ¡Ah!, ¡cómo ha de ser! Lo mismo si te incomodas, que en caso contrario, he dicho la verdad.


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